A Mi Madre
Dulcemente desde el cielo
Calló un rayito de luz,
Se posó en tus dulces ojos
en tu cabello de tul.
Entonces de primavera
se llenaron tus entrañas,
no era tu vez primera,
pero en tu
magistral hazaña,
convertiste barro en vida;
le infundiste mi alma.
Instrumento de amor divino
en eso te transformaste
y con tu amor reformaste
mi corazón de niño.
Recuerdo con el cariño
que en tus brazos me anidabas.
Silenciosa te quedabas
ante mis travesuras,
tus palabras siempre puras,
llenas de amor me brindabas.
Paso a paso me enseñaste
a elegir lo correcto.
Me guiaste, sin saberlo,
a la suerte que forjaste.
Gracias, Madre, quiero darte
porque siempre con tu amor
me llenaste de ilusión
el corazón cobarde.
Madre, digo y no miento,
que te amo con ternura
y que toda la hermosura
que ha brillado en la tierra
siempre ha sido más tierna
por tus gestos amorosos.
Hoy tus hijos dichosos
te agradecen grandemente
que con sacrificio demente
hayas entregado todo
vida, alma, corazón… Te adoro.
Siempre en nuestras almas estarás presente.
Gracias por tu amor acaramelado
que nos brindas sabiamente.
Juan C. Caballer Rodríguez: (Dedico este poema a María
Leonor Rodríguez Quiñones, mi madre, mi amiga, mi luz… Gracias por amarme como
madre; sin condiciones.)
Leonor te llamas por error,
María es tu argumento
te bautiza el
cielo entero
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